Ese era el mejor regalo que podían hacerme cuando era pequeño: una caja de lápices de colores. Y cuando digo lápices, en realidad me refiero a todo un arsenal creativo: rotuladores, ceras, plastidecores, pasteles o cualquier otro material para pintar, siempre acompañados del correspondiente bloc de dibujo nuevecito, repleto de tentadoras hojas en blanco. Con ese regalo en las manos, yo desaparecía de la realidad. No era un niño más, sino un explorador de mundos que yo mismo imaginaba. Y los lápices de colores me permitían trasladar esos mundos directamente de mi cabeza a aquellas hojas relucientes.
Recuerdo que alguna vez me preguntaron por qué me gustaba tanto dibujar. Mi respuesta era bastante profunda para un niño de mi edad: donde otros veían solo un papel, yo veía infinitas posibilidades. Mi imaginación era un motor imparable, capaz de convocar personajes, paisajes y emociones, y mis lápices eran las herramientas para darles vida. Dibujar no era solo un pasatiempo, era una forma de entender y expresar el mundo que me rodeaba.
Años después me regalaron mi primer ordenador, un AMSTRAD CPC 464 con 64KB de memoria, unidad de cinta y un monitor monocromo de fósforo verde. Fue un salto enorme: de los lápices a los píxeles. Pasé muchas horas pegado a esa pantalla, primero jugando a videojuegos y luego aprendiendo a programarlos yo mismo. Poco a poco mi intención de cursar Bellas Artes, que siempre había tenido tan clara, fue perdiendo fuerza. Los unos y ceros me atraparon, y terminé lanzándome de cabeza a la Facultad de Informática.
Durante la carrera mi lado creativo quedó relegado a un segundo plano. Tantos apuntes, tanto código y tantas matemáticas no dejaban espacio para los lápices de colores. Pero una vez tuve el diploma de Ingeniero Informático en las manos, comprendí que algo me faltaba. Sentía la necesidad de encontrar un equilibrio, de compaginar mi imaginación y creatividad con esos bichos con teclas que había aprendido a manejar. Así que me apunté a un montón de cursos de diseño gráfico, diseño web y modelado 3D, y hasta me animé a sacarme el título de Técnico en Diseño Gráfico.
Desde entonces, mi carrera profesional ha sido un viaje por ambos lados de la frontera entre dos mundos: un pie en el teclado del ordenador y el otro metido entre lápices de colores. No siempre ha sido fácil mantener ese equilibrio, y cuando uno de los dos toma demasiado protagonismo, el otro se rebela y reclama su lugar. Pero esa tensión es también una fuente de inspiración y crecimiento, y de hecho mis mayores logros siempre han venido de la combinación proporcionada entre ambos: mi creatividad me aporta mucho a la hora de desarrollar proyectos técnicos, y mis habilidades informáticas le allanan el camino a mis inquietudes artísticas.
Mirando atrás, me doy cuenta de que dibujar no solo fue el inicio de mi viaje creativo, sino también la base que me ha permitido navegar con éxito en el mundo digital. Y aunque los medios hayan cambiado mucho, la esencia sigue siendo la misma: transformar las ideas en imágenes y los sueños en realidad.
